PATRONOS DE LA CONGREGACION

 

“El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder, y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo”. ( Mateo 13, 44)

El tesoro más maravilloso que alguien puede encontrar es la vocación, esa llamada del Dios de Jesús, a construir el Reino de los cielos.

Si la invitación de Jesús es apasionante, más apasionante aún es el seguimiento a ese que nos ha llamado y nos ha planteado la necesidad que tienen los hombres y mujeres de que Dios reine en sus vidas.

El tesoro de la vocación, por medio de la emocionante realización del Reino de Dios, provoca en nosotros una gran alegría, alegría que nace, crece y produce frutos desde el Evangelio, buena noticia que despierta el gozo de quienes la escuchan.

Tener este tesoro, no es un privilegio, o una ganancia por nuestros méritos; tener, recibir, acoger este tesoro de la vocación y del Reino es un regalo, una gracia que nos llega sin esperarla, que llega a nuestra realidad y nos desborda, y hace que esa gracia se convierta en nosotros en "fuente de agua que brota para la vida eterna" (Jn 4, 14.)

Es importante experimentar, que Jesús camina a nuestro lado, nos explica las escrituras y parte para nosotros el pan. También tenemos que decirle con sinceridad de corazón, "Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado" (Lc 24, 29.) Finalmente, es necesario reconocer su presencia real, cuando reparte para nosotros el pan de vida, pues así arderá nuestro corazón con su propuesta, con su invitación, con su llamada; sólo así seremos capaces de vencer los miedos que nos paralizan, podremos venderlo todo, para comprar el campo donde está el tesoro, que es el propio Jesús y su reino.

Hagamos pues, que los hombres y mujeres se apasionen con este gran tesoro y puestos a la obra, construyan la justicia, el amor y la paz que necesita nuestro mundo.  

Sor Laidys A. Peguero Rodríguez, HCCS