Hermanas de la Caridad
del Cardenal Sancha
"Hacer propio el dolor de los preferidos del Reino: los pobres."
Nuestra Historia
La Congregación de las Hermanas de la Caridad del Cardenal Sancha nació por inspiración del Espíritu Santo en el corazón del presbítero Ciriaco María Sancha y Hervás, en Santiago de Cuba, el 5 de agosto de 1869. Su fundación fue una respuesta concreta a la situación de extrema pobreza que padecía el pueblo cubano como consecuencia de la Guerra de Independencia iniciada en 1868.
RESEÑA HISTÓRICA
Sancha, interpelado por esta realidad y por la Palabra de Dios, particularmente por el texto de Mateo 25, 31-46, se preguntó cómo llevar a cabo una acción concreta y eficaz que aliviara las carencias de aquellos rostros sufrientes de Cristo que deambulaban por las calles de Santiago de Cuba.
Movido por esta inquietud y acompañado por cuatro jóvenes a quienes dirigía espiritualmente, dio inicio a nuestra Congregación, entonces denominada Hermanas de los Pobres Inválidos y Niños Pobres, hoy Hermanas de la Caridad del Cardenal Sancha. Su propósito era acoger a estas personas en un hogar donde pudieran encontrar protección, atención, dignidad y mejores condiciones de vida.
Un año después, el 15 de julio de 1870, las Hermanas Concepción Domingo, Asunción Domingo, Josefa Fernández y Caridad Flores solicitaron al Dr. José Orberá, arzobispo de Santiago de Cuba, la aprobación diocesana, dando testimonio de su primer año de vida consagrada al servicio de los pobres.
El 14 de septiembre de 1870; con gran fe y confianza en Dios, el Padre Fundador envió a Santo Domingo a las Hermanas: María Estrada, Caridad Flores, Soledad Valdivia, Guadalupe Galán, Piedad Tejeda y Rosario Duque, constituyéndose este el primer país a donde se extiende la Congregación.
En el año 1920, fue elegida por primera vez, canónicamente, Superiora General Madre Joaquina Pichardo y sus consejeras. Adolfo Nouel, reorientó las comunidades existentes en este País hacia una nueva Congregación Diocesana, la cual fue erigida el 21 de enero de 1920 con el nombre de Hermanas de los Pobres de Nuestra Señora de la Altagracia. Las comunidades se fueron incorporando, con excepción de la comunidad del Asilo de San José, Puerto Plata, cuya Superiora, Madre Josefa Ericksen se opuso y escribió a Roma exponiendo el caso. Las hermanas readquieren su nombre y sus constituciones primitivas.
La primera Superiora Provincial fue Madre Altagracia Hernández. En 1944 recibió la Congregación un Visitador Apostólico, enviado desde Roma con motivo de la solicitud de la Aprobación Pontificia y en esta etapa del proceso histórico de esta obra de Sancha, dicho visitador, como él mismo lo expresa en el Decreto, «decidió redactar nuevas Constituciones».
A raíz de esta reforma constitucional, la Congregación incorporó rasgos del carisma y la espiritualidad de San Ignacio de Loyola. En el Capítulo General de 1952 fue elegida Superiora General la Madre Amadora de Cristo Rey González, quien asumió la difícil tarea de retirar a las Hermanas de Cuba, cuna de la Congregación, debido a la instauración del régimen comunista en la Isla.
En 1964, el Capítulo General eligió a la Madre Mercedes Almonte como Superiora General. En 1967, participó por primera vez en la reunión trienal de la Unión Internacional de Superioras Generales, en Roma, donde fue recibida en audiencia privada por el papa Pablo VI. Ese mismo año se estableció la primera comunidad en España, patria del Fundador.
En el Capítulo General de 1970 fue elegida Superiora General la Madre Engracia Luna. Durante este período posconciliar, la Congregación vivió nuevas experiencias en la búsqueda de estilos renovados de vida comunitaria y de servicio apostólico. En 1971 extendió su misión a Venezuela y, ante su creciente expansión internacional, se hizo necesaria la creación de Delegaciones para fortalecer el gobierno de la Congregación.
Otro momento de gran importancia para la Iglesia y, por consiguiente, para la Congregación, fue el Concilio Vaticano II, que exhortó a la Vida Religiosa a retornar a sus fuentes carismáticas originarias. En respuesta a este llamado, la Congregación, tras un profundo proceso de discernimiento, emprendió la renovación de sus Constituciones, con el propósito de recuperar la identidad original de su carisma y redescubrir la influencia de San Benito en su espiritualidad.
El Capítulo General Extraordinario, celebrado en diciembre de 1980, aprobó el nuevo texto de las Constituciones, fruto de los estudios y aportes de todos los miembros de la Congregación. Tras ser sometido a la Santa Sede e incorporar las modificaciones sugeridas, fue aprobado el 12 de octubre de 1981 por la Sagrada Congregación para los Religiosos e Institutos Seculares. Las nuevas Constituciones fueron aprobadas definitivamente en 1982.